La señora Rius, la madame de Barcelona

Retrato de la señora Rius. Orson Welles la eligió una noche y durante unos días dice que se sintió la mismísima Rita Hayworth.


La señora Rius tiene 84 años. Lleva toda la vida “haciendo señores” y hoy todavía regenta la que probablemente sea la más digna casa de citas de Barcelona. Un día le dijo a su madre: “no sufras más, ya lo hago yo”. Lydia tenía entonces dieciséis años y las dos vivían en una situación precaria durmiendo de pensión en pensión.

“Mi abuela fue mi gran referente, ella me educó y me enseñó a ser recta y justa. Crecí con una situación familiar muy complicada, sin figura paterna, mis tíos me acogieron y a mi madre la veía de vez en cuando de escondidas en el rellano. Con el tiempo me echaron y volví con mi madre. Vivíamos precariamente de pensión en pensión, a veces nos íbamos sin pagar por falta de dinero. Mi primer “señor” lo hice con dieciséis años y nos permitió mejorar nuestra situación y que mi madre pudiese dejar de trabajar de ello. Con el tiempo terminé en San Mario*, la mejor casa de citas de Barcelona.

La vida siguió su curso y ahora hace casi 40 años que estoy en esta finca de la calle Villaroel de Barcelona. Empecé a trabajar aquí con otras compañeras, todas “hacíamos señores” pero cuando un hombre llamaba a la puerta me hacían abrir a mí, era la más decidida, así que pasé a encargarme únicamente de la puerta y del teléfono. Nunca pensé en dirigir el negocio, pero hoy tengo 84 años y aquí sigo. Apenas salgo de casa y atiendo las llamadas de los tres teléfonos que suenan en mi cocina. Cada hombre que llega aquí y paga 120 euros por un servicio tiene una historia, todas mis señoritas tienen otra, pero yo les digo, si tenéis que sufrir no lo hagáis, no hay dinero que pague este trabajo.

Mi entrega no ha sido solo de cintura para abajo, siempre he intentado cuidar a los hombres con los que he estado, porque sino todo es muy frío, malo y complicado. He intentado hacerlo bonito, ponerle cabeza y corazón. Probablemente otra persona con mis circunstancias se hubiese traumatizado, pero yo hago una lectura positiva, y supongo que la vida la vemos según nuestro estado de ánimo. Nunca he tenido nada, tampoco aspiro a nada. He renunciado a todo por intentar trabajar con dignidad, con sencillez y generosidad.”

Antes de despedirla después de nuestra entrevista quiso enseñarme un escrito que le mandó años atrás un antiguo cliente. Dudo que las palabras que él le dedicó puedan definirla mejor, y creo que es la forma más justa de empezar esta historia:


“Lydia, eres una catedrática de una difícil y humanamente complicada profesión, que solo la enseña la vida. Has sufrido, has luchado, has llorado. Yo también. Has ganado y has perdido. Has triunfado. Nunca perdiste el optimismo, la confianza y la fe. Has sido y eres valiente, sin prejuicios, sincera y humilde. Generosa y buena persona y lo más importante, una mujer honrada. Lo de “mujeres de moral distraída” (así es como ella define a las trabajadoras de su oficio), es una frase ocurrente, graciosa, pero de “distraída” nada. Eres de una moral férrea, indoblegable, tenaz, actuando siempre por la conciencia y el entendimiento. Lydia, hoy tengo 84 años, te conocí cuando tenías 22, todavía sobrevivo respetando, recordando y queriéndote como siempre. Un beso.”

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